La multiplicidad de fuentes de información a la que estamos expuestos es abrumadora y las posibilidades que tenemos de contribuir a ese cúmulo de datos con nuestro pequeño aporte es creciente y, sin dudas, esto era impensable hace tan solo unos pocos años. Es cierto... a esta altura todo eso suena a un cliché que hemos escuchado ya cientos de veces. Pero esta realidad ha expuesto la poca preparación que existe para comunicar adecuadamente y, más que nada, de forma efectiva.
Sumado a esto, nos enfrentamos a incontables herramientas que nos hacen pensar que sabemos escribir, dibujar, editar o diseñar. Naturalmente no siempre es así. El tener acceso a un serrucho, martillo y clavos no nos da la habilidad de un carpintero. Pero el mensaje vendedor que recibimos de estos productos nos hace confiar excesivamente en nuestras capacidades de comunicación.
Permítanme ser claro: no estoy sugiriendo que todos debamos convertirnos en expertos del diseño. De hecho, todo lo contrario. El saber más sobre un tema nos permite identificar cuando debemos recurrir a un profesional, dado que estamos concientes de las complejiidades involucradas en determinada materia y conocemos nuestras limitaciones. Por ejemplo, la enseñanza de nociones de salud e higiene a la población en general evita la automedicación e incentiva a que se recurra al médico a tiempo.
Pero la mayoría de la gente nunca necesitará recurrir a un profesional del diseño ni a un arquitecto de información (ojalá fuera igual con los médicos). Sin embargo, en la vida profesional actual generamos incontables documentos, informes y presentaciones. Cargamos información en sitios Web, escribimos en blogs y enviamos miles de correos electrónicos. Todos estos casos requieren manejar conceptos básicos de diseño, comunicación, estructuración de contenidos y redacción para que nuestros mensajes sean decodificados adecuadamente por el receptor.
Los malos entendidos, mensajes mal interpretados o una informacion no encontrada a tiempo generan pérdidas de todo tipo en una sociedad tan dependiente de contar con el dato justo en el momento correcto.
Esto debe estar, entonces, incorporado en nuestro ADN. Y no es hacer las tareas más complicadas, al contrario: trabajar en un documento con títulos claros y de diseño uniforme, tipografía legible y con buen contraste, redacción correcta y clara es mucho más sencillo y cómodo que enfrentarnos a un documento en donde cada página refleja los destellos de creatividad del momento o el humor del autor.
Me dirán: la enseñanza tiene otros problemas que atender antes que ponerse a dictar cursos de diseño. Es probable; ya ni corrigen los tildes en las escuelas. Pero es deber de quienes estamos en el oficio, alertar sobre el tema e intentar buscar soluciones.
Si decimos estar en la sociedad de la información, ¿como es posible que saber comunicar esa información, darle forma y presentarla adecuadamente no sea una prioridad para nuestro sistema educativo?
By Andy | 03/01/2010